cansada y atrapada en un trabajo

Cansada y atrapada en un trabajo «de lo mío»

¿Cuántos años tenías la primera vez que te preguntaron qué querías ser de mayor?

La verdad yo no lo recuerdo con exactitud, pero recuerdo que esa pregunta está ahí desde que tengo uso de razón.

Médico, abogado, profesor, arquitecto, periodista, bombero…

Puestos a soñar astronauta, bailarina, cantante…

Una inocente pregunta que hacen los adultos porque les parece entrañable e inocente oírles decir “médico para salvar vidas como mi mamá”, o “cantante y bailarina” como decía yo.

Esa inocente pregunta se va poniendo sería con los años, hasta que te persigue a todas partes (especialmente en eventos familiares…).

Se acerca el momento de decidir la carrera, y sabes que eso va a marcar tu futuro.

Así se encargan de recordártelo tus padres, profesores, el orientador…

Algunos afortunados sienten eso que llaman vocación. Una llamada externa que te marca el camino.

Otros, siguen los pasos de su padre, madre, abuelo, hermanos…

Y otros eligen la que sea, porque no ir a la universidad en muchos casos no es una opción.

La verdad es que yo recuerdo la universidad como una de las mejores épocas de mi vida.

Eres adulta, y ya puedes hacer lo que quieras, pero sin preocuparte por cosas como el futuro o pagar las facturas.

Conoces gente nueva, entras y sales cuando te da la gana y eso sí, tienes que sacarte la carrera. Que año arriba año abajo acaba saliendo.

Hasta aquí todo suena más o menos inocuo.

El problema llega más tarde.

Cuando empiezas a trabajar “de lo tuyo” y descubres que realmente no es lo tuyo.

Que al margen de que se te dé mejor o peor, hay algo dentro de ti que te dice que esa no es tu vida, que no es lo que quieres hacer, y cuando piensas en pasar los próximos 30 años de tu vida así, casi llorarías.

Como si hubiera una especie de contrato invisible que tienes que cumplir, te quedas atrapada en un trabajo, en una vida, que no es la que quieres.

Un contrato invisible que has adquirido sin darte cuenta con tus padres, familiares, jefes, colegas, con la sociedad… y que hace que la renuncia parezca sinónimo de fracaso y traición nacional:

“Elige bien la carrera que luego te tiene que gustar trabajar de ello el resto de tu vida, y si no te gusta, también”.

“El trabajo es trabajo, a nadie le gusta trabajar”

Pasamos 4, 5, 6 años estudiando carreras, e inconscientemente adquirimos esa sensación de “deuda”.

Deuda con nuestros padres que han invertido dinero e ilusión en nosotros.

Con nuestros profesores que nos animaron e intentaron alumbrar el camino.

Con nuestros jefes que han apostado por nosotros.

Con esta sociedad, que parece que no quiere entender que elegir bienestar y plenitud es siempre un éxito y un acto de amor propio.

Hoy vengo a decirte y a reivindicar una cosa muy importante que cambió completamente mi enfoque y me ayudó a tomar por fin la decisión:

No te tiene que gustar una única cosa y para toda la vida.

Y hay 3 cosas que no debes hacer:

  1. No te encadenes a tu familia, a la sociedad y a tus elecciones el pasado.
  1. No creas que lo que has hecho hasta ahora no sirve.
  1. No pienses que la decisión que tomes ahora será lo definitiva, y lo que tendrás que hacer para el resto de tu vida

Sí, hay gente que siente una vocación y que además les encanta y disfrutan de su trabajo.

Tienes derecho a la rabieta, constructiva.

Pero la vida es mucho más compleja que eso.

Las prioridades, expectativas, inquietudes, y sobre todo, la naturaleza de cada persona es diferente, y cambia con el tiempo.

Estar a golpes con tu propia naturaleza o con tus decisiones del pasado es una pérdida de tiempo y energía.

La personas que alcanzan el éxito y la felicidad no son personas que se han parapetado en la idea de su infortunio porque las cosas no le han sido como esperaban.

Son personas que han comprendido quienes son, su naturaleza y también su responsabilidad sobre su propia vida.

Que han sabido adaptarse a los cambios, y siempre han seguido adelante.

Que gracias a ello han encontrado un camino que disfrutan cada día y les lleva en la dirección en la que quieren ir.

Para mí la felicidad y el éxito no es otra cosa que estar en paz conmigo misma, tranquila y haciendo aquello que está alineado conmigo.

Sentir que estás donde tienes que estar y haces lo que tienes que hacer.

Hace tiempo mucho tiempo que escapé de la trampa de ese éxito vacío al que nos educan a aspirar.

De jornadas interminables a cambio de quizás algún día ganar grandes cifras, y de reconocimiento profesional y social a cambio de… ¿vacío interior?

No, gracias.

Pero esa soy yo, y este artículo no va sobre el éxito.

Este artículo va de cómo de encadenada te sientes a la elección que hiciste cuando eras adolescente, y a las expectativas que pusieron en ti tus padres y la sociedad.

Cómo de obligada te sientes a cumplir con tu parte de ese contrato invisible que has escrito tú misma.

Todas aquellas decisiones fueron una apuesta para que tú tuvieras un futuro feliz. Pero si eso no está ocurriendo, ¿qué sentido tiene seguir así?

Cuando se invierte o apuesta a veces salen como esperamos, y a veces no. Y es imposible saber de antemano cuál será el resultado.

Lo importante es que siempre se puede aprender, y siempre se puede cambiar.

En un sociedad que cambia constantemente, en una naturaleza que cambia constantemente, y unas circunstancias que cambian constantemente…

En una panorama laboral en el que no dejan de surgir nuevas profesiones…

Encadenarte de por vida a una opción es realmente una cuestión de elección propia.

Justo ayer estaba leyendo un artículo en el que hablaba de una particularidad que tienen las águila que llamó muchísimo mi atención.

Al parecer cuando cumple los 40 años el águila tiene el pico y las garras tan erosionadas que prácticamente no puede cazar.

En ese momento debe tomar una de las decisiones más importantes de su vida.

Puede dejarse morir de hambre, o puede desprenderse de su pico golpeándose con una roca, esperar a que éste vuelva a crecer, y entonces desprenderse una a una de sus uñas.

Este proceso dura 150 días, y curiosamente trae consigo que el águila renueve también completamente sus pluma y pueda vivir unos 30 años más.

La verdad es que no tenía ni idea y me removió muchísimo esa fortaleza y capacidad de sufrimiento, pero sobre todo esa lucha por la vida.

Obviamente con esto no quiero decir que haya que pasar por un proceso tan desagradable como ese, pero como analogía es perfecta.

Llegado el momento en el que vemos que algo no funciona tenemos dos opciones: dejarnos vencer por lo miedos y “dejarnos morir”, o hacer los cambios necesarios, a pesar del miedo, y renacer.

Recuerda que tienes muchos años por delante, y a diferencia del águila tú no vas a morir lenta y literalmente, pero dime:

¿Qué precio estás dispuesta a pagar por el miedo a pasar esos “150 días” de transformación?

Sobre mí – Olaia Calvo

Soy facilitadora de procesos de cambio y coach. Trabajo con mujeres profesionales inconformistas que desean y necesitan hacer un cambio en su vida para sentirse satisfechas y en paz consigo mismas. Te ayudo a ganar claridad, confianza y seguridad para determinar qué es lo que quieres y cómo lo quieres para tomar las decisiones que te lleven a conseguir una vida personal y/o profesional plena y coherente contigo.

Descubre cómo puedo ayudarte aquí.

Ayúdame a compartir este artículo para que otras personas también puedan vencer sus miedos y reinventarse personal y profesionalmente! Ser generoso siempre tiene recompensa ; ) 

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